DAVID: LA VIDA DE LA FE parte 22
Introducción
Es infinitamente preferible que la voluntad esté sometida a Dios, que cargar el altar con los sacrificios más preciosos. Cuando la voluntad está sometida, todo toma su verdadero lugar; pero para aquel cuya voluntad está en oposición a la de Dios, hablar de sacrificios no es sino una vana decepción. Dios no mira la cantidad de sacrificio, sino el corazón de donde proviene. Veremos siempre que todos aquellos que, en el espíritu de Saúl, hablan de sacrificar a Jehová, esconden en el fondo del corazón algún interés egoísta —algún Agag— “lo mejor de las ovejas y del ganado mayor”, algo que agrada a la carne y que tiene más influencia que el verdadero servicio y el verdadero culto de Dios.
¡Que todos aquellos que leen estas páginas procuren conocer la verdadera bendición que se encuentra en una voluntad enteramente sometida a Dios! Allí se experimenta el precioso reposo que el manso y humilde Salvador prometió a todos aquellos que están cansados y cargados, el mismo reposo del que él mismo gozaba cuando decía: “¡Gracias te doy, oh Padre… porque así pareció bueno a tu vista!” (Lucas 10:21, VM). El inquieto y ambicioso Saúl no conocía nada de todo esto. Su voluntad no estaba de acuerdo con la de Dios respecto a Amalec. Dios le había dicho que destruyese enteramente ese pueblo, pero su corazón quería reservar una parte que, para él, al menos, parecía buena y deseable; estaba dispuesto a cumplir la voluntad de Dios respecto a “todo lo que era vil y despreciable”, pero pensaba poder hacer ciertas excepciones, como si la línea de demarcación entre lo que era “despreciable” y lo que era “bueno”, debía ser trazada por él, y no según el infalible juicio de Aquel que veía a Amalec desde su verdadero punto de vista, y no consideraba, en la refinada delicadeza de Agag, nada que no fuese vil y despreciable. Continuará...

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