EL HOMBRE DE DIOS
“A fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”
(2 Timoteo 3:17)
1- EL HOMBRE NATURAL
Ahora bien, hay un solo hecho, solemne y grandioso, común a todas estas diversas clases, castas, grados y condiciones de los hombres que están en el terreno de la naturaleza: que no hay ni un solo lazo entre ellos y el cielo; ni un solo lazo entre ellos y el Hombre que está sentado a la diestra de Dios; ni un solo lazo con la nueva creación. Todos están sin Cristo y sin esperanza. Son inconversos. No tienen la vida eterna. En lo tocante a Dios, a Cristo, a la vida eterna y al cielo, todos ―aun cuando difieren moral, social o religiosamente― se encuentran sobre una base común: están alejados de Dios, sin Cristo, en sus pecados, en la carne, son del mundo y van camino al infierno.
Dicho esto, se sigue, como consecuencia terrible y necesaria, que todos los que están situados sobre el terreno de la naturaleza, tienen frente a ellos las llamas de un infierno eterno. Nadie que oye la voz de la santa Escritura pasará por alto este gran hecho. Los falsos maestros pueden negarlo. Los infieles pueden pretender sonreír con desprecio ante tal pensamiento; pero la Escritura es clara al respecto, tan clara como la luz misma del mediodía: habla, en diversos lugares, del fuego que nunca se apaga y del gusano que no muere (véase Marcos 9:44).
Sería el colmo de la insensatez que alguien busque dejar de lado el claro testimonio de la Palabra de Dios respecto a este solemne e importante tema. Es mucho mejor que el testimonio caiga con todo su peso y autoridad sobre el corazón y la conciencia; mucho mejor escapar de la ira venidera que atreverse a negar que viene, y que, cuando venga, permanecerá para siempre. ¡Sí, para siempre jamás! Continuará...

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