COLECCION DE ESCRITOS MISCELANEOS TOMO1 CAPÍTULO 53

Tomo I 10- “HERMANOS SANTOS” El Verbo eterno eres tú El unigénito del Padre Dios manifiesto, Dios visto y oído El Amado del cielo En ti, perfectamente expresado Del Padre mismo el resplandor La plenitud de la Deidad El Bendito, eternamente Divino ¡Cuán infinitamente precioso es todo esto para nuestras almas! Tener a Dios revelado en la persona de Cristo, de manera que podemos conocerle, regocijarnos en Él, hallar todas nuestras delicias en Él, llamarle “Abba Padre”, marchar en la luz de su bendita faz, tener comunión con Él y con su Hijo Jesucristo, conocer el amor de su corazón, el amor mismo con que ama al Hijo, ¡qué profunda bendición! ¡Qué plenitud de gozo! ¡Cómo podríamos alabar y bendecir lo suficiente al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por la maravillosa gracia que desplegó hacia nosotros, al introducirnos en tal esfera de bendiciones y privilegios, y al colocarnos en tan maravillosa relación consigo mismo en el Hijo de su amor! ¡Oh, que nuestros corazones le alaben! ¡Que nuestras vidas le glorifiquen! ¡Que el único gran objeto de todo nuestro ser moral sea magnificar su Nombre! Examinemos ahora otra división importante de nuestro tema. Hemos de considerar al “sumo sacerdote de nuestra profesión”. Esto también está repleto de las más ricas bendiciones para cada uno de los hermanos santos. El mismo Bendito que, como Apóstol, descendió de Dios hasta nosotros para darle a conocer, ha vuelto a Dios a fin de estar delante de Él por nosotros. Vino a hablarnos de Dios, y ha vuelto a lo alto para hablar de nosotros a Dios. Aparece por nosotros ante la faz de Dios. Nos lleva continuamente sobre su corazón. Nos representa delante de Dios, y nos mantiene en la integridad de la posición en que su obra expiatoria nos ha introducido. Su bendito sacerdocio es la provisión divina para nuestra senda en el desierto. Continuará...

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