LA PLENA SUFICIENCIA DE CRISTO CAPÍTULO 10
1- LO QUE CRISTO HIZO POR NOSOTROS
Así, todo ha sido divinamente resuelto, y para siempre. Tan imposible es que se halle un solo pecado en el más débil creyente en Jesús, como que se halle en Jesús mismo. Poder decir esto es algo asombroso, pero es una sólida verdad de Dios, establecida en múltiples lugares de las Santas Escrituras;
y el alma que cree esto, ha de gozar de una paz que el mundo no puede dar ni quitar.
2- NUESTRA SEGURIDAD DEL PERDÓN DE LOS PECADOS
Hasta aquí, hemos considerado el aspecto de la obra de Cristo que tiene que ver con el perdón de los pecados, y esperamos sinceramente que el lector tenga ya una idea muy clara y definida de este tan importante punto. Seguramente será un feliz privilegio para él si sólo toma lo que Dios dice en su palabra: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevamos a Dios” (1 Pedro 3:18).
Si, pues, Cristo padeció por nuestros pecados, ¿no deberíamos percatarnos de tan grande bendición de haber sido librados para siempre del peso de esos pecados? ¿Puede estar de acuerdo con la mente y el corazón de Dios que alguien por quien Cristo padeció haya de quedar en perpetua esclavitud, atado y amarrado con la cadena de sus pecados y clamando, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, que el peso de sus pecados es insoportable? Continuará...
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LA PLENA SUFICIENCIA DE CRISTO CAPÍTULO 9
1- LO QUE CRISTO HIZO POR NOSOTROS
Dios no se limitó a enviar a su Hijo unigénito al mundo, sino que lo “quebrantó por nuestras iniquidades” (Isaías 53:5; V.M.) y lo levantó de entre los muertos, a fin de que sepamos y creamos que nuestras iniquidades fueron borradas de manera tal que él fue glorificado de un modo infinito y eterno. ¡Sea alabado su nombre en todo el universo y por toda la eternidad!
Pero tenemos todavía otro testimonio de esta gran verdad fundamental. En Hebreos 1:1-3, leemos las siguientes palabras que conmueven el alma: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.” Nuestro Señor Jesucristo —bendito sea su nombre— no quería sentarse en el trono de Dios sino después de haber efectuado la purificación de nuestros pecados al ofrecerse a sí mismo en la cruz. Por tanto, un Cristo resucitado y sentado a la diestra de Dios es la prueba gloriosa e irrefutable de que nuestros pecados han desaparecido por completo, porque él no podría estar donde está actualmente, si quedase tan sólo uno de esos pecados. Dios levantó de entre los muertos al mismo Hombre sobre el que había cargado todo el peso de nuestros pecados. Continuará...
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LA PLENA SUFICIENCIA DE CRISTO CAPÍTULO 8
1- LO QUE CRISTO HIZO POR NOSOTROS
¿Dónde están nuestros pecados? Todos ellos están borrados. ¿Cómo lo sabemos? El que los tomó sobre sí, “traspasó los cielos”, hasta la cima más alta de la gloria. La justicia eterna ha coronado sus sienes benditas con una diadema de gloria, como Aquel que cumplió nuestra redención, que llevó nuestros pecados, demostrando así, de modo incuestionable, que nuestros pecados fueron alejados para siempre de la vista de Dios. Un Cristo coronado y una conciencia limpia están unidos inseparablemente en la bienaventurada economía de la gracia. ¡Maravilloso hecho! Ahora podemos cantar, con todas nuestras energías redimidas, las alabanzas del amor redentor. Pero veamos cómo las Santas Escrituras presentan esta verdad tan consoladora. Leemos en Romanos 3:21-26: “Pero ahora, aparte de la ley [χωρις νομου], se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
De nuevo, en el capítulo 4, hablando de la fe de Abraham, que le fue contada por justicia, el apóstol añade (v. 23-25): “Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.” Dios es presentado aquí a nuestra alma como el que levantó de entre los muertos a Aquel que llevó nuestros pecados. ¿Por qué lo hizo? Porque Aquel que había sido entregado por nuestros pecados, había glorificado perfectamente a Dios con respecto a esas ofensas y las había quitado de en medio para siempre. Continuará...
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LA PLENA SUFICIENCIA DE CRISTO CAPÍTULO 7
1- LO QUE CRISTO HIZO POR NOSOTROS
Porque, permítaseme preguntar: ¿cómo alcanzó Cristo el lugar que ocupa ahora en el trono de Dios? ¿Acaso lo fue como “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Romanos 9:5)? No, porque eso lo fue siempre. ¿Fue como Hijo eterno del Padre? No; siempre lo fue, siempre “está en el seno del Padre”, siempre es objeto de las delicias eternas e inefables del Padre. ¿Lo fue como Hombre sin mancha, santo, perfecto, Aquel cuya naturaleza fue absolutamente pura, perfectamente libre de pecado? No; porque en esa condición, y sobre esa base, podía haber reclamado en cualquier momento, entre el pesebre y la cruz, un lugar a la diestra de Dios. ¿Cómo lo fue, pues? ¡Sea eternamente alabado el Dios de toda gracia! Lo fue como quien, por medio de su muerte, cumplió la gloriosa obra de la redención, como quien cargó con todo el peso de nuestros pecados, como el que satisfizo perfectamente todas las justas demandas de ese trono en el cual está ahora sentado.
Ésta es una verdad fundamental que el lector angustiado debe comprender. No puede dejar de liberar el corazón y tranquilizar la conciencia. No es posible contemplar, por fe, al Hombre que fue clavado en el madero, coronado ahora en el trono, y no tener paz con Dios. Después de cargar sobre sí nuestros pecados y el juicio que merecían, el Señor Jesucristo no podría estar ahora donde está, si uno solo de esos pecados quedara sin expiar. Ver coronado de gloria al que llevó nuestros pecados, es ver esos pecados alejados para siempre de la presencia divina. Continuará...
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